Alexandria Ocasio-Cortez y el resurgir del socialismo democrático en EEUU

Peter Dreier

06/07/2018

Ahora que Alexandria Ocasio-Cortez, de 28 años de edad, miembro de los Democratic Socialists of America (DSA),  ha derrotado al poderoso congresista Joe Crowley en las primarias demócratas de Nueva York, la palabra “socialismo” está en las noticias. Pero pocos norteamericanos saben lo que en realidad significa.

Entrevistada por Stephen Colbert en su programa televisivo The Late Show el jueves [pasado, 28 de junio], explicaba Ocasio-Cortez que:

“Creo que en una sociedad moderna, moral y opulenta, no debería haber en Norteamérica personas demasiado pobres como para vivir en ella. Para mí lo que esto significa es atención sanitaria como un derecho humano, significa para mí que todos los niños, independientemente de donde hayan nacido, debería tener acceso a una educación universitaria o de escuelas de oficios, si así lo prefieren. Creo que ninguna persona debería carecer de un techo si disponemos de estructuras públicas o de una política pública que permita que la gente disponga de casa y alimento, y que lleve una vida digna en los Estados Unidos”.

Al día siguiente de la victoria de Ocasio-Cortez, Nancy Cordes, de CBS News, preguntó a Nancy Pelosi, líder de la minoría en las Cámara de Representantes, si el socialismo democrático está “en ascenso” en el Partido Demócrata. Pelosi respondió firmemente que “no.”

Se equivoca.

Si Ocasio-Cortez vence en la carrera por el escaño por la ciudad de Nueva York para el Congreso en noviembre (algo que logrará casi con toda seguridad), será una de los 35 miembros de DSA que ostente un cargo público en el país, entre ellos miembros de juntas escolares o ayuntamientos, y de las asambleas legislativas de estados como Iowa, Ohio, Pensilvania, Nueva York, Tennessee, Montana, Michigan, Virginia, Minnesota, Massachusetts, y Connecticut. Si todos los miembros de los DSA que se presentan actualmente como candidatos ganaran sus respectivas elecciones en noviembre, esa cifra aumentaría hasta más de cien servidores públicos, todos ellos demócratas. Hay también algunos socialistas que desempeñan cargos públicos — como Kshama Sawant, miembro del consejo municipal de Seattle — que no están afiliados a los DSA. Y tenemos, por supuesto, al senador Bernie Sanders, un socialista democrático que se autodenomina independiente, pero que se presenta con los demócratas y trató de conseguir la designación del Partido Demócrata como candidato a la presidencia en 2016.

Los DSA, que languidecía en 2015 con sólo 6.000 afiliados, se enorgullece ahora de tener más de 35.000 miembros y 121 secciones locales, con una creciente afiliación que va incrementándose de modo regular, tanto en estados republicanos como demócratas. Pero el número de norteamericanos que consideran hoy el socialismo una idea legítima es mucho mayor que la afiliación de los DSA. Una encuesta de YouGov difundida en noviembre pasado concluyó que sólo el 59 % de los norteamericanos tenía una imagen favorable del capitalismo. Entre los que tienen menos de treinta años, sólo el 42 % afirmó que preferiría vivir en una sociedad capitalista. Por contraposición, el 44 % declaró que prefería una sociedad socialista.

En lugar de ignorar lo evidente, Pelosi y otros dirigentes del Partido Demócrata deberían dar la bienvenida a los socialistas democráticos en la gran carpa del Partido. Muchos de los activistas de base que están revigorizando el Partido Demócrata para recuperar la Cámara de Representantes en noviembre —y vencer en la contienda por ser gobernadores y en la de las asambleas legislativas de los estados a lo largo y ancho del país — son progresistas y socialistas democráticos. .

A lo largo de la historia norteamericana, algunos de los activistas y pensadores más influyentes — entre ellos, dirigentes de los principales movimientos por la justicia social — abrazaron el socialismo democrático. Entre ellos se contaba Eugene V. Debs, dirigente sindical (que se presentó seis veces como candidato del Partido Socialista, recogiendo más de 900.000 votos—más del 6 % del total — en 1912), John Dewey, filósofo y educador, Francis Bellamy, un clérigo de Boston (que escribió el  “Pledge of Allegiance” [“Juramento de Lealtad”] original en 1892, Jane Addams, fundadora de casas de acogida y activista por la paz, el novelista Jack London, el sociólogo W.E.B. Du Bois, la poeta Katherine Lee Bates (que escribió “America the Beautiful”), Alice Hamilton, pionera de la salud pública, Florence Kelley, activista de derechos de las mujeres trabajadoras, Clarence Darrow, abogado de tantas causas, la escritora feminista Charlotte Perkins Gilman, “Big Bill” Haywood (dirigente del sindicato minero), y Helen Keller.

Entre otros socialistas se contaba el escritor Upton Sinclair (cuya novela de 1906, The Jungle, [La jungla] acerca de las duras condiciones de los trabajadores del sector de la carne de Chicago condujo a la primera ley de protección de los consumidores, la Ley de Inspección Cárnica [Meat Inspection Act]), Lincoln Steffens, el periodista de investigación de escándalos (que denunció la corrupción municipal en sus artículos en la revista McClure’s, recogidos en The Shame of the Cities [La vergüenza de las ciudades]), Lewis Hine, cuyas fotografías denunciaban las brutales condiciones del trabajo infantil a una opinión pública indignada; el científico Albert Einstein, Walter Reuther, que levantó el sindicato de los trabajadores del automóvil [United Auto Workers], Norman Thomas, ministro protestante, dirigente del Partido Socialista entra las décadas de 1930  y 1950, y seis veces candidato a la presidencia, A. Philip Randolph, Bayard Rustin y Martin Luther King Jr, líderes de los derechos civiles, Michael Harrington, cuyo libro de 1962, The Other America fue la inspiración de los presidentes John F. Kennedy y Lyndon Johnson para librar una guerra contra la pobreza, la feminista Gloria Steinem, y Ron Dellums, que fue representante en la Cámara por California.

A principios del siglo XX, los socialistas encabezaron el movimiento por el sufragio para las mujeres, las leyes de trabajo infantil, las leyes de protección de los consumidores, y el impuesto sobre la renta progresista. En 1912, en el momento álgido del Partido Socialista, cerca de 1.200 miembros del Partido desempeñaban cargos públicos en 340 ciudades, entre ellas 79 alcaldes en ciudades como Milwaukee, Buffalo, Minneapolis, Reading, y Schenectady. Estos dirigentes locales, en cuyas filas sindicalistas de clase trabajadora y radicales de clase media como profesores, clérigos y abogados, trabajaron junto a reformadores progresistas para mejorar las condiciones de vida y de trabajo en las pujantes ciudades del país. Impulsaron la propiedad pública de los servicios públicos y los sistemas de transporte, la ampliación de parques, bibliotecas, parques infantiles y otros servicios, y una actitud más amistosa hacia los sindicatos, sobre todo en época de huelgas. En Milwaukee, donde los socialistas dirigieron el gobierno municipal durante varias décadas, su atención a la buena gestión e infraestructuras les ganó el nombre de “socialistas del sistema de alcantarillado”.

En 1916, Victor Berger, congresista socialista de Milwaukee, patrocinó el primer anteproyecto de ley para crear “pensiones para la vejez”. El proyecto no tuvo mucho recorrido, pero dos décadas después, en medio de la Depresión, el presidente  Franklin D. Roosevelt convenció al Congreso para que promulgara la Seguridad Social. Todavía entonces, algunos críticos le denunciaron por antiamericano. Pero hoy en día la mayoría de los norteamericanos, conservadores incluso, creen que la Seguridad Social es una buena idea. Lo que antaño había parecido radical se ha convertido en sentido común.

Buena parte de la restante legislación del New Deal de Roosevelt —el salario mínimo, el derecho de los trabajadores a formar sindicatos y los programas de obras públicas para crear puestos de trabajo para los desempleados—fue apoyada en primer lugar por los socialistas norteamericanos.

Los socialistas estuvieron en primera fila de del movimiento de derechos civiles desde la fundación de la NAACP [Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color - National Association for the Advancement of Colored People] en 1909 a la Ley de Derechos de Voto [Voting Rights Act] de 1965. Los socialistas llevan mucho tiempo presionando en favor de un plan de cobertura sanitaria universal, lo que ayudó a dar impulso a medidas que supusieron un hito, tales como Medicare y Medicaid en los años 60 y el actual Obamacare.

Martin Luther King Jr. creía que a Norteamérica le hacía falta “una redistribución radical del poder económico y político”. En octubre de 1964, pidió un “gigantesco Plan Marshall” para los pobres, blancos y negros. Dos meses después, al recibir el Premio Nobel de la Paz en Oslo, observó que los Estados Unidos podían aprender mucho del “socialismo democrático”  escandinavo. De hecho, le dijo a su personal, “Ha de haber una mejor distribución de la riqueza, y acaso Norteamérica deba moverse hacia el socialismo democrático”.

Durante la Guerra Fría, muchos norteamericanos confundieron el socialismo democrático con el comunismo. De hecho, los socialistas democráticos se oponían a los gobiernos totalitarios de la Unión Soviética, China, y sus satélites. Y así era porque el socialismo tiene que ver con la democracia: dar más voz a la gente corriente, tanto en política como en el lugar de trabajo.

Durante su campaña de 2016 para la presidencia, Sanders declaró que Norteamérica necesita una “revolución política de base”. Pero Sanders—al igual que Ocasio-Cortez— es en realidad un reformista, no un revolucionario. En los Estados Unidos, el socialismo democrático es semejante a lo que la mayor parte de la gente en todo el mundo denomina “socialdemocracia”, que trata de hacer más humano el capitalismo.

Países como Suecia, Holanda, Dinamarca y Finlandia tienen mayor igualdad, un mayor nivel de vida en el caso de las familias trabajadoras, mejores escuelas, universidades gratuitas, menos pobreza, un medio ambiente más limpio, más participación de votantes femeninas, sindicatos más fuertes, cobertura sanitaria universal y una red de seguridad mucho más amplia.      

¿Suena esto contrario a la empresa? La revista Forbes sitúa a Holanda y Suecia como tercer y cuarto países mejores para las empresas. Dinamarca quedaba en séptima posición Los EE.UU. se situaban en el puesto 12.

Las socialdemocracias europeas ponen mayor énfasis en el empeño gubernamental, pero hasta la mayoría de los norteamericanos está a favor de departamentos de policía y de bomberos que sean públicos, parques nacionales, servicios públicos de propiedad municipal, sistemas de metro locales y universidades públicas en los estados.   

Los socialistas creen en la empresa privada, pero estiman que debería estar sometida a reglas que garanticen que las empresas actúan de manera responsable. Los bancos no deberían entrar en temerarios préstamos predatorios. Las empresas energéticas no deberían poner en peligro el planeta ni la salud pública emitiendo excesiva contaminación. Debería exigirse a las empresas que garanticen los productos de consumo (como coches y juguetes) sean seguros, paguen salarios decentes y ofrezcan entornos de trabajo saludables.

Socialismo democrático significa reducir la influencia política de los superricos y las grandes empresas, aumentar los impuestos a los pudientes para ayudar a sufragar el aumento de los servicios públicos y reducir las barreras para poder votar.

Los sondeos de opinión pública revelan que una ingente mayoría de norteamericanos está de acuerdo con estas ideas. El 84 % de los norteamericanos cree que el dinero tiene demasiada influencia en la política, el 69 %  cree que las grandes empresas gozan de demasiado poder e influencia en Washington, un 65 % cree que nuestro sistema económico “favorece injustamente poderosos intereses”, el 82 % piensa que la desigualdad económica constituye un gran problema, y el 66 % de los norteamericanos cree que el dinero y la riqueza deberían distribuirse de forma más equitativa.  

Por añadidura, el 61 % está de acuerdo con la existencia de sindicatos, el 60 %  cree que “es responsabilidad del gobierno federal asegurarse de que todos los norteamericanos dispongan de cobertura sanitaria”. El 63 % se muestra a favor de colegios universitarios y universidades públicas cuatrienales con matrícula gratuita, el 59 % está a favor de educación gratuita para la primera infancia, el 54 % se pronuncia a favor de elevar el salario mínimo a 15 dólares la hora, el 72 % cree que es una “mala idea” recortar la financiación de la investigación científica sobre el medio ambiente y el cambio climático, y el 74 % apoya exigir a los patronos que ofrecen bajas por enfermedad y permisos de paternidad remunerados.

Debido a que la palabra “socialismo” lleva demonizada durante tanto tiempo, pocos americanos se denominan socialistas, pero eso está empezando a cambiar. Los norteamericanos que crecieron tras la Guerra Fría es más probable que asocien el socialismo a Dinamarca o Suecia, no Rusia o China.

En la última década, hemos visto una creciente inquietud por la brecha cada vez mayor de renta y riqueza, el estancamiento de los salarios, la persistencia de las injusticias raciales y de género, y las amenazas al medioambiente y la salud pública. Los esfuerzos de Occupy Wall Street, Black Lives Matter, el movimiento de derechos de los inmigrantes (Dreamers), las batallas contra el oleoducto de Keystone y a favor del matrimonio para todos, la lucha por un salario mínimo de 15 dólares (Fight for 15) y de justicia para los conserjes (Justice for Janitors) en los trabajadores de bajos ingresos y el pujante movimiento de #MeToo han desencadenado una nueva oleada de activismo.

Pero nada ha inspirado más protestas que la elección de Trump. Un sondeo del Washington Post, publicado en marzo, concluyó que uno de cada cinco norteamericanos había protestado en las calles o participado en actos políticos desde comienzos de 2016. De estos, el 19 % declaraba que nunca habían tomado parte con anterioridad en una manifestación o una concentración políticas. Y muchos declaraban que piensan comprometerse más en política este año. Cerca de un tercio afirmaba que tiene la intención de presentarse como voluntario o trabajar para una campaña al Congreso en 2018. La abrumadora mayoría de los que respondieron —el 70 %— declaró que no aprobaban a Trump ni su modalidad de capitalismo de amiguetes. 

Todas estas fuerzas han puesto los cimientos para un resurgir del radicalismo. No ha habido desde la Gran Depresión tantos norteamericanos que cuestionen los principios fundamentales del capitalismo. Por consiguiente, la idea de socialismo está ganando terreno, sobre todo entre la juventud norteamericana, como es el caso de Ocasio-Cortez.  

Cuando Michael Harrington organizó el Comité Organizador Socialista Democrático [Democratic Socialist Organizing Committee] en la década de 1970 (que cambió su nombre a DSA a principios de los años 80), sus metas eran modestas. Había abandonado la idea de que el Partido Socialista debía presentar candidatos a las elecciones separadamente. Por el contrario, tenía la esperanza de que mantener vivos los valores morales del socialismo democrático, así como alentar a los activistas de los movimientos sindical, de mujeres, de derechos civiles, y ambientalista que, trabajando juntos como coalición, podían transformar el Partido Demócrata en una fuerza más progresista, más estrechamente aliada a los partidos socialdemócratas. La estrategia de Harrington la han adoptado hoy en día los miembros de los DSA, que trabajan en el seno del Partido Demócrata, tratando de mover el Partido y el país a la izquierda.

Harrington, que murió en 1989, nunca esperó que los DSA se convirtieran en una organización de masas. A buen seguro, le habría agradado la creciente afiliación de los DSA y las encuestas que revelan la apertura cada vez mayor de los norteamericanos a las ideas socialistas. También se sentiría entusiasmado por el importante incremento del activismo progresista en las calles y en el seno del Partido Demócrata.

Tal como reveló (y todavía revela) el amplio apoyo a Bernie Sanders, hay una enorme demanda reprimida de candidatos que no sólo articulen las frustraciones de los norteamericanos con el status quo económico y político sino que delineen recetas que  muevan al país en una dirección más progresista. Eso es lo que los socialistas norteamericanos llevan haciendo desde hace más de un siglo, y lo que hizo Ocasio-Cortez la semana pasada.
 

profesor de Ciencias Políticas, dirige el Departamento de Política Urbanística y Medioambiental del Occidental College (Los Ángeles, California). Su último libro es The 100 Greatest Americans of the 20th Century: A Social Justice Hall of Fame (Nation Books, 2012).
Fuente:
The American Prospect, 3 de julio de 2018
Traducción:
Lucas Antón
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